Jueves 28 de mayo de 2020

Hasta dónde sirve la cuarentena? La estrategia de Suecia

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Mientras en Argentina se espera una ampliación de la cuarentena obligatoria luego del 10 de mayo, Suecia dice tener dominado al coronavirus sin cuarentena obligatoria. ¿Cuál modelo es mejor?

Suecia es un país modelo en muchos sentidos y en muchos aspectos socio-culturales y económicos. Pero en tiempos de coronavirus y pandemias el país escandinavo es fuertemente criticado por su estrategia para enfrentar la situación.

En Suecia no hay cuarentena obligatoria

Suecia apostó a no hacer cuarentena obligatoria. Siguió adelante sin confinamientos, con sus fronteras abiertas, con completa libertad de movimiento, con los niños asistiendo a la escuela y con sus comercios, bares y restaurantes atendiendo clientes. La estrategia sueca, basada en recomendaciones científicas, sigue sin imposiciones y apelando al sentido común de sus ciudadanos.

Esta estrategia, por supuesto, fue calificada de imprudente, irresponsable y temeraria por muchos otros países europeos. Algunos, incluso, parecen desear que descarrile estrepitosamente, que surja un fuerte rebrote capaz de poner de rodillas su resistencia, obligando a dar marcha atrás, a decretar la ya famosa cuarentena donde la mayoría del mundo puso sus ilusiones. Pero pasan días, semanas, y la curva sueca no se sale de la media europea.

Muchos mencionan que el promedio de fallecidos por millón en Suecia es superior a Noruega, Dinamarca, Austria o Alemania. Pero raramente se señala que es inferior a Holanda, Francia, Gran Bretaña y, por supuesto a Bélgica, España o Italia. Y además sus unidades de cuidados intensivos jamás se acercaron al colapso.

¿Por qué tanta crítica a Suecia entonces al comprobar que el covid-19 no termina de explotar? Porque de este modo el resto de los países que ven desplomarse sus economías tendrían que admitir que, al final, no se trata de un problema sanitario, médico o científico sino puramente político.

El país escandinavo constituye lo que se conoce en experimentos como un “grupo de control”, aquel capaz de mostrar, por comparación, lo que habría ocurrido sin confinamiento, sin cerrar la actividad económica. Y genera resquemor que, finalmente, el país escandinavo alcance los mismos resultados, o incluso mejores, sin tan grave daño a la economía.

Los bares respetan el distanciamiento social

Qué dicen los números.

Según Naciones Unidas en este 2020 el planeta tiene 7.700.000.000 de habitantes. Y el reporte diario indica que al día de la fecha murieron unas 260.000 personas por el Covid-19. De estos dos números se desprende que el coronavirus tiene un índice de mortalidad mundial del 0,0033% aproximado. Si lo vemos desde el otro lado de la calle, el Coronavirus no es mortal para el 99,9966% de la población. Y aun así este virus obtuvo el título de “pandemia”.

Volviendo a Suecia, vale mencionar que su porcentaje sin cuarentena ronda el 0,004, es decir, apenas por encima del promedio mundial.

Por otro lado, las enfermedades cardiovasculares engloban un conjunto de enfermedades que afectan al sistema circulatorio y vascular: infartos, embolia, trombosis, hipertensión. Son la causa de muerte más común a nivel mundial, y provoca 17,79 millones de muertes anuales. Y no se le denomina “pandemia”

Las estadísticas hablan de 9 millones de muertes por enfermedades isquémicas del corazón, 6 millones por infarto, 5 millones por enfermedades relacionadas con obesidad, 2 millones por diabetes. Todas enfermedades asociadas al estilo de vida. Recordemos que las muertes por Covid-19 hasta ahora llevan 260.000.

Incluso, viendo mas estadísticas, ¿si seguimos la línea que supone hacer obligatorio el uso de barbijos por las 260.000 muertes por coronavirus, no sería lógico entonces prohibir el uso de automóviles si observamos las 2.000.000 de muertes anuales por accidentes de tránsito?

La pregunta sigue siendo la misma: si realmente vale la pena poner a todo el mundo en cuarentena sin diferenciar quiénes son de riesgo y quiénes no.

La estrategia sueca apunta al sentido común de sus habitantes

La inmunidad colectiva

Los estrategas suecos consideraron que, sin vacuna, y una vez instalada la enfermedad, el avance no podía ser detenido, como mucho ralentizado temporalmente: más pronto que tarde, todos los países acabarían convergiendo a una curva de contagios similar.

Según sus científicos, la epidemia solo se detendrá completamente cuando un 60% de la población haya tomado contacto con la enfermedad y que haya desarrollado anticuerpos específicos: la inmunidad colectiva.

Johan Giesecke, uno de los diseñadores de esta estrategia, aclaró también que esta inmunidad colectiva no es el objetivo explícito sino mas bien algo que llegará tarde o temprano, de forma natural.

Suecia sabía que una cuarentena obligatoria podría retrasar algo los contagios, pero pagando un precio muy elevado en desempleo y quiebra de empresas. Y todo para llegar finalmente al mismo lugar.

Por ello, plantearon una política dirigida, no a detener el contacto sino a reducirlo, con medidas no tan estrictas pero sostenibles en el largo plazo, que pueden mantenerse prácticamente del mismo modo durante todo lo que dure la pandemia. La estrategia sueca constó en aconsejar a la gente a salir poco, realizar trabajo Home Office, se exigió a los bares y restaurantes a separar razonablemente las mesas y se prohibieron las reuniones de más de 50 personas.

Una postal de Estocolmo en plena pandemia

Suecia sabía que era imposible detener la epidemia, pero sí era posible disminuir el número de fallecidos, aplicando una política dirigida a reducir el contagio de los individuos vulnerables (tercera edad y personas con enfermedades pre existentes) a los que se solicitó un aislamiento voluntario.

El enfoque sueco es muy técnico, muy frío. Quizás por ello provoque rechazo en otros países. Que Suecia haya sido capaz de optar por esta vía, resistiendo la fuerte presión, sólo es explicable por la gran confianza de su gente en una administración que, en lo referente a cuestiones técnicas, es transparente y fiable. Contribuye también, por supuesto, el carácter más individualista de sus habitantes.

Es claro que un planteo de este modo en Argentina sería digno de incredulidad por la casi nula fiabilidad de sus gobernantes, pero por lo menos suena interesante saber de la existencia de otras opciones para poder comparar o quizás evaluar a futuro.

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