Lunes 26 de agosto de 2019

Mauricio Macri y Alberto Fernandez, ambos con final de campaña conservador

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La pelea por los indecisos, por ampliar la franja de apoyos en las urnas, es mandamiento repetido en el final de las carreras electorales. Los escritorios de los equipos técnicos y políticos acumulan en estas horas encuestas que ratifican un panorama de polarización muy fuerte, razón por la cual, claro, sería vital sumar lo que se pueda lejos de los espacios propios para desequilibrar la competencia. Eso dicen algunos expertos y el sentido común. ¿Es eso lo que están haciendo los principales candidatos? Los últimos actos de campaña de Mauricio Macri y Alberto Fernández con CFK parecen dirigidos a consolidar el capital propio sin arriesgar nada para ganar en territorios más inciertos.

Las explicaciones que se escuchan podrían ser resumidas en una: dice que se trataría de gestos para retemplar al electorado propio o, más exagerado, para darle “épica” a la tropa propia en el tramo final de la batalla. Eso explicaría, por ejemplo, el énfasis y hasta la euforia de los cierres de las últimas presentaciones del Presidente. Lo mismo correría para el acto de anoche del Frente de Todos, en Rosario, desde la puesta en escena, hasta la centralidad de la ex presidente y el discurso del candidato número uno.

Asoma como una contradicción de campaña, aunque estaría mostrando otros factores. A simple vista, un cuidado extremo de los candidatos a jugar en terreno difícil, es decir, a dar debates sobre temas considerados espinosos, poco recomendables y, por consiguiente, cedidos a la competencia de antemano: dicho linealmente, la economía en un caso o la corrupción en el otro. Otro factor sería el temor que impone la propia polarización: perder terreno podría ser fatal. Eso de alguna manera expone también una disociación entre la campaña más armada –es decir, spots, estrategias en las redes- y los actos de los candidatos en vivo, lejos de cualquier riesgo y por lo tanto, con menos chances de impacto amplio.


Macri tendrá su cierre de campaña hoy, en Vicente López, junto a María Eugencia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Es el trío de apuestas a las reelecciones y el núcleo duro amarillo. Los antecedentes inmediatos muestran al Presidente en una sucesión de actos con finales enfáticos, en Rosario, la Capital y Córdoba. Sin dudas, el más sonoro fue el acto porteño.

Quedó aquello de los años invertidos en obras contra las inundaciones que afectaban a muchos barrios en los días de tormentas. “Eufórico“, fue la descripción más usada para calificarlo. Podría discutirse, y de hecho fue analizado, si daba señal de combate o de inquietud. La idea puertas adentro es que se trata de gestos de pelea –”épica” de campaña, se ha dicho-, impensables hace apenas dos o tres meses.

Por supuesto, el mensaje presidencial y el de los principales exponentes de Juntos por el Cambio pasa centralmente por la convocatoria a una masiva participación en las PASO del domingo –única señal de batalla difícil- y por plantear de diferente manera la confrontación con el “pasado” y el retroceso que significaría, en el plano institucional y también económico, repetir la experiencia kirchnerista.

El oficialismo discutió y difundió ampliamente esa disyuntiva, pero eludió el debate de fondo sobre la economía –”Como si ellos hubieran dejado un paraíso”, dice un ex legislador en referencia a las gestiones kirchneristas- y lo hizo sin exponer una autocrítica más o menos elaborada y lineamientos básicos, políticos y económicos, para enfrentar la crisis. Sólo la incorporación de Miguel Angel Pichetto sugiere un cambio significativo del sentido de gobernabilidad en caso de ganar las elecciones.


Tampoco en la otra vereda hubo lucimiento temático y análisis sobre lo que representa su propia mochila. Eso se expresó además en una campaña por momentos desestructurada, desnortada desde el punto de vista temático, que tampoco explotó el flanco considerado naturalmente más débil del Gobierno, es decir, la economía. Alberto Fernández avanzó sólo con alguna puntualización al hacer una promesa amplia para jubilados y al hablar, de manera inquietante, sobre dólar “retrasado” y Leliq. Algunas imprecisiones y aclaraciones posteriores, además de una bajada de tono de economistas cercanos, sacaron esos temas de la mesa.

Así, las referencias de Alberto Fernández sobre la caída económica con Macri no salieron de la crítica general. Y el implícito, entonces, es la contraposición de la actual situación con el cuadro idealizado como publicidad de las gestiones kirchneristas. Eso, sumado al abandono de cuestionamientos propios y anteriores sobre ese pasado -más allá de afirmar que no se repetirían “errores”- y la defensa genérica frente a las causas por corrupción, marcaron más el peso político interno que la búsqueda de público ajeno.

El acto de anoche en Rosario fue concebido como el real cierre de campaña, más allá de la actividad reservada para hoy en Córdoba. Estuvieron sobre el escenario la ex presidente, un nutrido grupo de gobernadores, candidatos bonaerenses y porteños. La puesta en escena fue kirchnerista. Y la apertura fue para CFK y su juego con el público.

Alberto Fernández dejó una frase que no es inédita en sus declaraciones pero que impactó como discurso: “Nunca más me voy a pelear con Cristina”. Sonó a gesto para el frente interno. Si fue pensada hacia afuera, no habría contemplado que realimenta el interrogante sobre la relación de poder real con la ex presidente y candidata a vice en caso de llegar al gobierno. Sería el efecto no deseado.

En apenas unas pocas horas, la campaña habrá concluido. Las mejores evaluaciones quizá queden para varios recursos publicitarios, más nuevos algunos y más tradicionales otros. Pero la actividad de los candidatos fue poco arriesgada, conservadora o, tal vez más precisamente, demasiado contenida. Difícil entonces las sorpresas o los debates.

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