Martes 26 de enero de 2021

Un Dios sin ateos

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“Gracias, Diego”, “Te amamos”, “No te vamos a olvidar, Diego”. Las frases retumbaban entre las altas paredes del hall de la Casa Rosada y se repetían como una letanía. Había momentos que entraba un grupo de hinchas y durante unos segundos cantaban el “olé, olé, Diego, Diego”. Arrojaban camisetas, banderas y flores al pie del féretro del mayor ídolo deportivo de la historia, ya definitivamente leyenda. Pero lo más significativo sucedía en los momentos de silencio. Cuando no había gritos, ni súplicas. Era el silencio, denso, de lo inevitable. Una multitud dolida desfiló por la Casa Rosada en el velatorio de Diego Armando Maradona. Al atardecer de una jornada desbordada, Maradona encontró su lugar de descanso definitivo en el cementerio Jardín de Bella Vista, donde están enterrados sus padres don Diego y doña Tota.
El traslado de los restos del astro desde la funeraria de La Paternal a la Casa Rosada se hizo en la medianoche del miércoles e, inmediatamente, durante las primeras horas del jueves realizaron la ceremonia íntima para familiares, amigos y ex compañeros. Ubicaron el cajón, abierto, en el salón de los Patriotas Latinoamericanos -el mismo lugar donde fue velado Néstor Kirchner diez años atrás- y sobre el cuerpo colocaron una bandera argentina y una camiseta de Boca, los colores que más lo representaban. Por allí pasaron varias de las glorias de los planteles del ’86 y del ’90 como Oscar Ruggeri, Jorge Burruchaga, Sergio Goycochea, Ricardo Giusti, Checho Batista y Luis Islas. También jugadores como Martín Palermo, Maxi Rodríguez, Carlos Tévez y Javier Mascherano.

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